El posible desarrollo de El Niño en 2026 vuelve a tensionar al arándano en Sudamérica
El eventual desarrollo de un evento intenso asociado a El Niño vuelve a instalar un foco de riesgo sobre la agricultura exportadora de la costa del Pacífico sudamericano. Después de años —e incluso décadas, en algunas zonas— marcados por la escasez hídrica, el problema ya no estaría solo en la falta de agua, sino también en el impacto que podrían tener lluvias abundantes y episodios extremos sobre sistemas productivos que se han adaptado precisamente a administrar esa restricción.
El seguimiento oficial ya está en marcha. La NOAA, a través de su Climate Prediction Center, estimó en abril que entre mayo y julio de 2026 es probable el surgimiento de El Niño, con una probabilidad de 61%, y que el fenómeno podría persistir hacia fines de año. En Perú, el SENAMHI y el ENFEN también advirtieron una probable transición hacia condiciones cálidas en el Pacífico central desde junio, mientras en Chile MeteoChile señaló que el fenómeno “comienza a tomar forma”.
En la industria del arándano, ese riesgo no se limita al daño visible en el campo. Muchas veces, las consecuencias aparecen más tarde: fruta con menor firmeza, problemas de condición y una vida de postcosecha más corta, con pérdidas comerciales que no siempre se explican de inmediato en campo.
A primera vista, una temporada más lluviosa podría parecer una buena noticia en territorios acostumbrados al déficit hídrico. Pero el problema no es solo la cantidad de agua, sino su intensidad. Episodios de lluvia concentrados en períodos breves pueden saturar suelos, afectar infraestructura y generar condiciones complejas para sistemas productivos diseñados para administrar restricción, no abundancia.
En arándanos, eso puede traducirse en estrés radicular, menor absorción nutricional, mayor presión de enfermedades y alteraciones fisiológicas que terminan afectando la calidad de la fruta. Y en una industria donde buena parte del valor se define lejos del campo, en destino, cualquier deterioro en condición puede modificar de manera importante la ecuación comercial.
El riesgo también está en el mercado
El punto más sensible no está solo en el campo, sino también en la competitividad. Hoy la industria del arándano opera en un escenario donde la consistencia ya no es un atributo deseable, sino una exigencia. Cualquier alteración relevante en calidad o continuidad logística puede traducirse rápidamente en pérdida de competitividad frente a otros actores más estables.
En ese marco, Chile y Perú no enfrentan exactamente el mismo tipo de vulnerabilidad. Mientras Chile podría resentir con mayor fuerza lluvias intensas en momentos críticos de su temporada, Perú ha seguido consolidando un modelo productivo distinto, apoyado en condiciones más estables en varias de sus zonas y en una operación diseñada para sostener continuidad comercial. Esa diferencia se vuelve más relevante en un contexto en que ambos países ya están siguiendo la evolución del fenómeno a través de sus organismos oficiales.
Vulnerabilidades distintas
El Niño también ha afectado históricamente a Perú, sobre todo en eventos severos con impacto en infraestructura, temperaturas y logística. Pero las exposiciones de ambos países son diferentes. Chile concentra una parte importante de su producción exportadora en zonas sensibles a precipitaciones intensas, con infraestructura logística que podría resentirse frente a episodios extremos. Perú, en cambio, enfrenta otros riesgos, como anomalías térmicas y eventuales alteraciones en la logística costera, aunque ha mostrado una capacidad importante de adaptación y expansión.
Mientras Chile observa el posible impacto de un invierno más lluvioso, Perú continúa afirmando su posición como líder global del negocio. Esa diferencia vuelve más relevante cualquier alteración climática que afecte calidad, cumplimiento o continuidad de oferta en la región.
Anticipar no basta
La ventaja es que un fenómeno de esta naturaleza no aparece sin aviso. Hoy el monitoreo climático permite anticipar escenarios con más tiempo que hace algunas décadas. NOAA ya ha estimado una probabilidad significativa de evolución hacia El Niño durante 2026, mientras que en Perú y Chile las entidades oficiales también mantienen vigilancia sobre sus posibles efectos regionales. Pero anticipar no equivale a estar preparado.
En ese contexto, la industria del arándano debería revisar con atención drenajes, manejo de suelos, estrategias fitosanitarias preventivas, protocolos logísticos y capacidad de respuesta ante eventuales interrupciones operativas. En un mercado donde el margen de error es cada vez menor, la resiliencia también pasa a ser una variable competitiva.
Una prueba de resiliencia
Un evento intenso de El Niño podría terminar siendo mucho más que un episodio meteorológico. Para Chile y Perú, también podría transformarse en una prueba de resiliencia productiva y comercial. El negocio del arándano ya no se juega solo en genética, productividad o costos: también depende de la capacidad de responder mejor a la incertidumbre.
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