Mirtilos em Sinaloa: da rápida expansão a uma nova oportunidade

Después de alcanzar cerca de 3,600 hectáreas y atravesar una contracción superior al 80%, la industria sinaloense del arándano enfrenta una nueva etapa. El recambio varietal, la tecnificación y más de una década de aprendizaje están redefiniendo las posibilidades del cultivo en la región.

Por: Ricardo Márquez, Gerente Comercial de Fall Creek México y Gamaliel Flores, Representante de Apoyo al Productor en Zona Pacífico

3,600 hectáreas, ese fue aproximadamente, el tamaño que llegó a alcanzar la industria del arándano en Sinaloa durante el pico de su expansión. Hoy quedan alrededor de 670. Sobre el papel, parece la historia de un fracaso. Pero basta recorrer algunas de las agrícolas que permanecen para encontrar una historia diferente.

Hay productores que después de eliminar variedades han vuelto a plantar. Proyectos que durante años produjeron en suelo están migrando hacia sustratos y sistemas de mayor precisión. Materiales genéticos que fueron evaluados durante los años más difíciles comienzan a mostrar resultados consistentes. Y quienes permanecieron en la actividad manejan hoy el cultivo de una manera muy distinta a como lo hacían durante los primeros años. La industria se redujo. Pero también aprendió. Y esa diferencia puede ser la clave para entender lo que está ocurriendo actualmente en Sinaloa.

Cuando crecer parecía suficiente

En 2022, hablar de arándano en Sinaloa era hablar de expansión. Nuevos proyectos llegaban al estado, productores ampliaban superficies, las comercializadoras competían por asegurar fruta y nuevas variedades se incorporaban rápidamente a los programas de plantación. Entre 2022 y 2023, la superficie estatal llegó a rondar las 3,600 hectáreas.

El entusiasmo tenía fundamentos. Sinaloa ofrecía algo difícil de encontrar en otras regiones productoras de berries, grandes extensiones de tierra agrícola a costos competitivos. Encontrar 200 o 300 hectáreas contiguas para desarrollar un proyecto era posible. Existía infraestructura agrícola, experiencia en cultivos intensivos de exportación y, durante buena parte del año, disponibilidad de agua superficial de buena calidad. Además, a diferencia de otras regiones productoras, inicialmente era posible establecer arándanos sin estructuras de macrotúnel, reduciendo de manera importante la inversión por hectárea.

El cultivo ofrecía también una alternativa de diversificación para una agricultura históricamente concentrada en granos y hortalizas. Y el mercado acompañaba, para 2022, prácticamente todos los elementos parecían estar alineados. Sekoya Pop comenzaba a establecerse con mayor fuerza, aumentaba la inversión de comercializadoras en producción propia y aparecían nuevas redes de productores asociados, incluyendo proyectos pequeños. Algunos desarrollos alcanzaron cientos de hectáreas. En menos de una década, el arándano había pasado de ser un cultivo en evaluación a convertirse en una industria relevante para el estado. Pero había un problema. La superficie estaba creciendo más rápido que el conocimiento necesario para producirla.

El costo de aprender

Los primeros años habían dejado claro que el manejo desarrollado en otras regiones productoras de México no podía trasladarse directamente a Sinaloa. Buena parte de las referencias técnicas provenían de Jalisco y Michoacán, regiones con una experiencia considerable en berries, pero con condiciones ambientales muy diferentes.

La poda fue uno de los primeros ejemplos. En 2018 todavía se estaba aprendiendo cómo debía manejarse una planta de arándano después de la cosecha y durante el verano sinaloense. La conductividad eléctrica del sustrato, el porcentaje de drenaje y la preparación fitosanitaria de la planta antes y después de la poda no siempre recibían la atención que posteriormente demostrarían requerir. En diferentes agrícolas comenzaron a aparecer muerte regresiva, enfermedades de madera y elevados porcentajes de mortalidad. Pero el problema más profundo estaba todavía por aparecer.

O genético.

El crecimiento acelerado llevó a establecer a gran escala materiales que todavía no habían acumulado suficientes ciclos de validación bajo las condiciones de Sinaloa. Biloxi, Ventura, Victoria, Atlas y diferentes variedades privadas ocuparon superficies importantes. Algunas habían mostrado buenos resultados en otras regiones. Pero una cosa es que una variedad funcione en otro lugar y otra muy diferente es que haya demostrado su capacidad para atravesar varios ciclos productivos en Sinaloa.

Los inviernos cálidos de 2022 y 2023 hicieron esa diferencia todavía más evidente. La variedad Atlas es quizá uno de los ejemplos más claros. Después de haber impulsado una proporción importante del crecimiento de la industria, comenzó a presentar en diferentes agrícolas retrasos importantes en floración durante inviernos cálidos. Plantas que debían avanzar hacia su etapa reproductiva terminaron floreciendo incluso durante enero.

© Fall Creek México

El problema no era únicamente que la floración se retrasara. Ese desplazamiento llevaba etapas sensibles del cultivo hacia marzo y abril, cuando las condiciones de temperatura, radiación, baja humedad relativa y presión de thrips podían ser considerablemente más agresivas. El resultado terminó reflejándose en la productividad. La expectativa de muchos proyectos era alcanzar alrededor de 2.5 kilogramos por planta en el segundo año. Sin embargo, hasta 2023, los mejores resultados en ciertas agrícolas rondaban 1.5 kilogramos por planta y, en numerosos casos, los rendimientos terminaron alrededor de 7 u 8 toneladas por hectárea, o incluso menos.

La fruta podía tener valor. El tema estaba en la productividad necesaria para sostener los costos. Durante ese periodo, los retornos podían ubicarse aproximadamente entre 5.50 y 6.00 dólares por kilogramo. Pero producir cerca de 12 toneladas por hectárea representaba un punto importante para sostener la operación; alrededor de 14 toneladas podía considerarse un buen resultado y 16 toneladas representaba un desempeño exitoso. Cuando la producción se quedaba en siete u ocho toneladas y, al mismo tiempo, aumentaban los costos para enfrentar thrips, enfermedades de madera y otros problemas, la ecuación económica dejaba de funcionar.

Entre 2023 y 2024 comenzaron primero las reducciones de sectores y posteriormente los cierres de agrícolas completas. Los productores pequeños fueron especialmente vulnerables. Dos temporadas consecutivas con números negativos podían ser suficientes para perder la capacidad financiera de continuar. Pero los proyectos grandes tampoco fueron inmunes. Algunos abandonaron la región. Otros redujeron drásticamente sus superficies. La contracción continuó durante los siguientes ciclos y todavía en 2026 se registraron cierres de proyectos.

Sin embargo, dentro de esa crisis comenzó a ocurrir algo que durante el boom había sido difícil: la industria tuvo que detenerse y aprender. Los productores que tenían capacidad financiera, experiencia regional y disposición para modificar su modelo pudieron analizar qué había fallado y comenzar de nuevo con otras herramientas.

La lección fue dura, pero sencilla: el problema de Sinaloa no había sido necesariamente producir arándanos; había sido escalar más rápido de lo que la región aprendió a producirlos.

Sinaloa empieza a desarrollar su propia agronomía

La industria que permanece en 2026 es mucho más pequeña. Pero también es diferente.

Uno de los cambios fundamentales ha sido dejar de asumir que el manejo desarrollado para el centro de México puede aplicarse sin modificaciones. Después de varios ciclos, Sinaloa comenzó a construir una agronomía alrededor de sus propias condiciones.

La poda evolucionó hacia cortes generalmente más altos y una preparación mucho más cuidadosa de la planta. Hoy las agrícolas más tecnificadas buscan llegar a esta labor con una conductividad eléctrica adecuada en el ambiente radicular y con estrategias fitosanitarias establecidas antes, durante y después del proceso. El manejo de la raíz también se volvió más preciso. La medición frecuente de CE y pH en la solución de entrada, el sustrato y el drenaje permite ajustar los programas de nutrición con un nivel de información que difícilmente estaba disponible durante los primeros establecimientos.

Lo mismo ocurrió con el ambiente. El déficit de presión de vapor, o DPV, dejó de ser solamente un concepto técnico para convertirse en una variable cotidiana de decisión. Actualmente se realizan mediciones y mapeos para identificar las horas de mayor estrés. También comienzan a utilizarse herramientas como la medición de conductancia estomática para entender cómo responde directamente la planta ante diferentes combinaciones de temperatura, radiación y humedad relativa. A ello se suman estrategias fisiológicas y osmoprotectoras, incluyendo formulaciones basadas en glicina betaína y ácido glutámico. Incluso el fertirriego ha cambiado. Durante periodos críticos de DPV, particularmente alrededor de las horas de mayor demanda atmosférica, algunos programas suspenden temporalmente el aporte de nutrientes y mantienen pulsos de agua acidificada. La intención es evitar una acumulación innecesaria de sales cuando disminuye la capacidad de absorción de la planta.

La lógica también cambió. Ya no se trata solamente de reaccionar a lo que el cultivo está mostrando. Se trata de anticipar la siguiente etapa fenológica y preparar a la planta para ella.

Del suelo al sustrato

El sistema de producción también forma parte de esta transformación. Algunos proyectos originalmente establecidos en suelo han migrado hacia sustratos que permiten mayor control del ambiente radicular y una mejor capacidad de drenaje. La fibra de coco, incluyendo mezclas cercanas a 70/30, forma parte de los sistemas utilizados actualmente en la región. Algunos de los proyectos pioneros de Sinaloa ilustran claramente esta transformación. Agrícolas que durante la expansión llegaron a manejar cientos de hectáreas principalmente en suelo han reducido superficie y posteriormente migrado hacia sistemas en sustrato, incorporando además herramientas de protección como malla sombra y genética más reciente.

Vista desde esta perspectiva, la reducción de superficie cuenta una historia distinta. No representa únicamente una retirada. También refleja un cambio de modelo de escala hacia productividad; de superficie hacia precisión; de volumen hacia control.

El agua ha obligado a desarrollar estrategias similares. Una de las ventajas históricas de Sinaloa ha sido la calidad del agua superficial proveniente del sistema de canales durante buena parte del ciclo. Pero entre mayo y agosto, y especialmente después de los problemas de sequía observados a partir de 2023, los módulos de riego pueden complementar el abastecimiento con agua de pozo de menor calidad. La consecuencia es un incremento de la carga salina precisamente durante el verano. Hoy ese riesgo puede manejarse mediante una combinación de herramientas como ósmosis inversa, selección de fuentes de fertilizantes y programas de riego orientados a disminuir la acumulación de sales.

La región, en otras palabras, dejó de preguntarse cómo adaptar el arándano a Sinaloa.

Comenzó a preguntarse cómo adaptar el sistema de producción a Sinaloa.

La genética también tuvo que pasar la prueba

Hay otra lección que quizá resulte todavía más importante. Una variedad no puede evaluarse solamente por su desempeño en otra región. Tiene que atravesar los inviernos, los veranos, los periodos de alta demanda atmosférica, la presión de plagas y enfermedades y las particularidades de manejo del lugar donde finalmente será plantada.

Algunos proyectos decidieron seguir precisamente ese camino. Mientras una parte de la industria crecía rápidamente, otros programas establecieron áreas experimentales, evaluaron genética durante varios ciclos y retrasaron deliberadamente la expansión hasta identificar materiales con comportamiento consistente. Algunos esperaron varios años antes de comenzar a crecer.

La lógica era sencilla. Validar primero y crecer después.

Hoy existen productores que eliminaron superficies de Atlas y otras variedades privadas, realizaron un recambio y posteriormente volvieron a incrementar hectáreas con materiales que habían sido evaluados previamente bajo condiciones regionales. El contraste con el boom es evidente. Durante la primera expansión, la superficie impulsó la validación. Ahora ocurre lo contrario. La validación es la que está impulsando la superficie.

Lo que empiezan a mostrar las nuevas variedades

Ese cambio puede observarse actualmente en materiales como AzraBlue y Sekoya Pop. Desde 2022, diferentes sitios de evaluación regional han permitido observar su comportamiento bajo condiciones sinaloenses. La coincidencia temporal resulta especialmente interesante porque estos materiales atravesaron algunos de los mismos ciclos que pusieron a prueba a las variedades que ya se encontraban ampliamente establecidas. Algunos productores comenzaron a establecer hectáreas completas en 2022. Cuatro años después, empiezan a aparecer resultados que están influyendo nuevamente en las decisiones de plantación.

En el caso de Sekoya Pop, existen plantaciones de tercer año con rendimientos cercanos a tres kilogramos por planta bajo condiciones del norte de Sinaloa. AzraBlue, por su parte, ha mostrado resultados particularmente relevantes en algunos proyectos. En superficies de producción a gran escala se han observado rendimientos reales de hasta 4.5 kilogramos por planta. En establecimientos de primer año se han obtenido alrededor de 3 kilogramos por planta bajo densidades cercanas a 6,000 plantas por hectárea y producción en sustrato.

A ese nivel, el rendimiento equivale aproximadamente a 18 toneladas por hectárea desde el primer ciclo. La cifra adquiere especial significado cuando se coloca frente a las 7 u 8 toneladas por hectárea que comprometieron la viabilidad económica de numerosos proyectos durante la crisis. Pero el rendimiento no es la única variable. En evaluaciones realizadas bajo condiciones sinaloenses, AzraBlue ha mostrado capacidad para mantener actividad estomática durante periodos de DPV elevado, mientras otros materiales reducen considerablemente su intercambio gaseoso. En un ambiente caracterizado por periodos de alta radiación, temperatura y baja humedad relativa, mantener durante más tiempo la actividad fisiológica puede resultar relevante. También se ha observado un comportamiento consistente durante inviernos cálidos y una menor expresión de daño por thrips respecto de algunos materiales utilizados anteriormente en la región.

Lo más interesante, sin embargo, no está solamente en los datos de una planta. Está en lo que los productores están haciendo con ellos. Algunos agricultores que previamente eliminaron decenas de hectáreas de genética anterior comenzaron nuevamente con superficies relativamente pequeñas de AzraBlue. Después de varios ciclos de resultados favorables, algunos han vuelto a expandirse. En ciertos casos, los programas para los próximos años contemplan multiplicar varias veces la superficie inicial del recambio. Eso representa un cambio importante en la forma de tomar decisiones.

Ya no se planta porque existe la expectativa de que una variedad funcione. Se planta porque la variedad ya empezó a demostrarlo.

© Fall Creek México

¿Una segunda oportunidad?

Volver a hablar de oportunidad después de una contracción superior al 80% puede parecer contradictorio. Pero quizá el error sería medir el futuro de la industria únicamente por las hectáreas que desaparecieron. Sinaloa todavía conserva varias de las condiciones que originalmente despertaron interés. Hay disponibilidad de tierra y posibilidad de desarrollar superficies continuas a una escala difícil de conseguir en otras regiones productoras. Existe infraestructura agrícola y experiencia acumulada en cultivos de exportación. El agua superficial conserva buena calidad durante una parte importante del ciclo y hoy existen tecnologías para enfrentar los meses en que esa condición cambia. Y hay algo más importante, hay conocimiento.

Más de una década de aprendizaje ha permitido entender mejor cómo responde el cultivo a un invierno cálido, qué sucede cuando la floración se desplaza, cómo manejar el riesgo de thrips, qué características debe tener un sustrato, cómo preparar una planta antes de la poda y qué ocurre durante las horas críticas de DPV. También existe mayor claridad sobre algo que durante el boom no siempre se entendía: una variedad debe atravesar varios ciclos regionales antes de convertirse en una apuesta de gran escala.

El mercado también sigue siendo parte de la ecuación. Los retornos de la última temporada fueron especialmente favorables y volvieron a poner sobre la mesa una de las razones originales del interés por Sinaloa, la posibilidad de producir en una ventana comercial atractiva. Pero una ventana de mercado, por sí sola, no construye una industria. Necesita ir acompañada de productividad, calidad, genética adecuada y control de costos.

Por eso, un nuevo proyecto de arándanos en Sinaloa ya no debería comenzar simplemente con tierra disponible y una expectativa de rendimiento. Debería comenzar con preguntas mucho más específicas:

¿Qué genética ha demostrado su adaptación?

¿Cómo se comporta el agua durante todo el ciclo?

¿Qué sistema de producción permite controlar mejor la zona radicular?

¿Cómo debo establecer mi control fitosanitario?

¿Cómo se manejará el estrés atmosférico?

¿Qué estrategia de poda requiere la planta?

¿Cuál es la productividad necesaria para que el proyecto sea económicamente viable?

Y, sobre todo: ¿qué evidencia existe antes de decidir escalar?

Crecer diferente

Un censo de campo actualizado a septiembre de 2026 identifica alrededor de 670 hectáreas establecidas en Sinaloa: aproximadamente 83 desde Angostura hacia Culiacán y el resto concentradas principalmente entre Guasave, Ahome y El Fuerte. Son pocas frente a las aproximadamente 3,600 hectáreas que llegó a tener el estado. Pero quizá comparar únicamente ambas cifras sea insuficiente.

Las hectáreas que permanecen hoy están sustentadas en un nivel de conocimiento, tecnología y selección genética que difícilmente podía existir durante los primeros años. Algunos productores redujeron superficie para aumentar control y productividad. Otros eliminaron genética, hicieron recambio y volvieron a crecer. Y algunos de los proyectos que avanzaron con mayor cautela durante el boom son precisamente los que hoy están encontrando condiciones para expandirse nuevamente.

Por eso, el futuro del arándano sinaloense no debería plantearse como una carrera para recuperar las hectáreas perdidas. La pregunta no es si Sinaloa volverá a tener 3,600 hectáreas. La pregunta más importante es qué tipo de industria puede construirse con las hectáreas que decida volver a plantar. Una industria que crezca solamente cuando los resultados lo justifiquen. Que valide antes de escalar. Que utilice la tecnología para controlar las variables que antes representaban riesgos. Que seleccione genética por su desempeño regional y no únicamente por su comportamiento en otros lugares. Y que entienda que productividad y rentabilidad son inseparables.

La historia del arándano en Sinaloa todavía se está escribiendo. La primera etapa demostró lo rápido que puede crecer una industria cuando coinciden capital, mercado y expectativas. La contracción posterior demostró que ninguno de esos factores puede sustituir a la adaptación genética ni al conocimiento agronómico. Ahora comienza una etapa diferente. Una etapa en la que la superficie ya no tiene que ser el punto de partida. Puede ser el resultado.

Sinaloa pasó de aprender a producir arándanos mientras crecía, a tener la posibilidad de volver a crecer después de haber aprendido a producirlos.

fonte
Fall Creek Mexico

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